jueves, junio 25, 2009

Miserere-Gustavo Adolfo Becquer

Miserere:
Hace algunos meses que visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.

Era un Miserere.

Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición, que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera, y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.

Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.

Esto fue sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando, piú vivo, a piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen... crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime; o la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y dulzura.

-¿Sabéis qué es esto? -pregunté a un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.

El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros.

Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a la puerta claustral de esta abadía un romero, y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.

Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.

-Yo soy músico -respondió el interpelado-, he nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.

Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado por ésta continuara en sus preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:

-Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza ¡Miserere mei, Deus! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos: tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia!, y el Señor la tendrá de su pobre criatura.

El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante; y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio.

-Después -continuó- de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.

-¿Todos? -dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes-. ¿A qué no habéis oído aún el Miserere de la Montaña?

-¡El Miserere de la Montaña! -exclamó el músico con aire de extrañeza-. ¿Qué Miserere es ése?

-¿No dije? -murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación misteriosa-. Ese Miserere, que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al parecer increíble. Es el caso, que en lo más fragoso de esas cordilleras, de montañas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo hace ya muchos años, ¡que digo muchos años!, muchos siglos, un monasterio famoso; monasterio que, a lo que parece, edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades. Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo, que, por lo que se verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida. Después de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adonde no se sabe, a los profundos tal vez. Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada, que, después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.

-Pero -interrumpió impaciente el músico- ¿y el Miserere?

-Aguardaos -continuó con gran sorna el rabadán-, que todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió así su historia:

-Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria es que todos los años, tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.

Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero, que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:

-¿Y decís que ese portento se repite aún?

-Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.

-¿A qué distancia se encuentra el monasterio?

-A una legua y media escasa...; pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios! -exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.

-¿A dónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.

Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores.

El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.

Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:

-¡Está loco!

-¡Está loco! -repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del hogar.

II

Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.

La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.

Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen, o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.

Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.

-¡Si me habrá engañado! -pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once.

En el derruido templo no había campana, ni reloj, ni torre ya siquiera.

Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó a iluminarse espontáneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.

Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.

Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.

Un vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.

El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.

Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David: ¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!

Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.

Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.

Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fortísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de los huesos.

Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:

In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.

Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la conciencia de sus maldades, un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad; concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.

Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y a través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.

Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:

Auditui meo dabis gaudium et lœtitiam: et exultabunt ossa humiliata.

En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.

III

Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.

-¿Oísteis al cabo el Miserere? -le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.

-Sí -respondió el músico.

-¿Y qué tal os ha parecido?

-Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa -prosiguió dirigiéndose al abad-; un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.

Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin a ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.

Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba:

-¡Eso es; así, así, no hay duda..., así! Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.

Escribió los primeros versículos y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo, pero al llegar al último que había oído en la montaña, le fue imposible proseguir.

Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.

Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.

In peccatis concepit me mater mea

Éstas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecía mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.

Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.

¿Quién sabe si no serán una locura?

FIN

miércoles, junio 03, 2009

Isn't it ironic ... don't you think

Han sido tiempos difíciles últimamente,me he evadido un poco publicando algunos cuentos de diferentes autores desde cuentos infantiles como La caperucita roja a no tan infantiles como "Meter el diablo en el infierno"...ahora Google ads agrego nuevos anuncios a mi blog y no puedo evitar reirme hahaha

Espero haber pervertido alguna mente infantil
Por cierto el lunes 1 de junio fue mi cumpleaños un abrazo grandísimo a todos los que estuvieron conmigo y me felicitaron

sábado, mayo 30, 2009

Meter el diablo en el infierno de Giovanni Boccaccio

Ok todos conocen el Decamerón de Giovanni Boccaccio así que tienen idea de el tipo de relatos que el escribía aquí les dejo este...son las 2 de la mañana pero es demasiado bueno como para no subirlo:


Meter el diablo en el infierno
Giovanni Boccaccio
En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:

-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.

Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:

-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:

-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?

-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.

Entonces dijo la joven:

-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.

Dijo Rústico:

-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.

Dijo Alibech:

-¿El qué?

Rústico le dijo:

-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.

La joven, de buena fe, repuso:

-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.

Dijo entonces Rústico:

-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.

Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:

-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.

Dijo Rústico:

-Hija, no sucederá siempre así.

Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:

-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:

-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.

Haciendo lo cual, decía alguna vez:

-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.

Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:

-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.

Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:

-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.

Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:

-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?

La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:

-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.

Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.

FIN

martes, mayo 26, 2009

Marguerite de Navarre parte 4:El clérigo incestuoso

Y finalmente este que aún hoy en día en países como el nuestro(México) sería censurado y que en su tiempo solo llego a ver la luz gracias a ella era hermana del rey Francisco l de Francia...

Es increíble lo bien que esta,el tono satírico y mas viniendo de una época donde se supone la gente esta sumergida en la ignorancia(temerosos de dios) por que esta mujer no es mas famosa? No se pero definitivamente debería...Con Orgullo les comparto:

Marguerite de Navarre(1492-1549)

"El clérigo incestuoso"

El conde Carlos de Angulema, padre del rey Francisco, primero de este nombre, príncipe fiel y temeroso de Dios, estaba en Cognac cuando alguien le contó que en una aldea cercana, llamada Chevres, vivía una muchacha virgen de conducta tan austera que era algo admirable, a pesar de lo cual había aparecido embarazada, sin intentar disimularlo, asegurando a todo el mundo que nunca había conocido varón y que no sabía cómo le había ocurrido, a no ser que fuera obra del Espíritu Santo; lo que el pueblo creyó fácilmente, y la tenía y reputaba por una segunda Virgen María, ya que todos sabían que, desde su infancia, siempre fuera muy juiciosa y nunca hubo en ella un solo signo de mundanería. Practicaba no solamente los ayunos mandados por la Iglesia sino también, por devoción, varias veces a la semana, y siempre que había algún servicio en la iglesia no se movía de allí. De modo que su vida era tan estimada por el pueblo que todos la iban a ver como si se tratara de un milagro, y se sentían muy felices pudiendo tocarle la ropa.

El cura de la parroquia era su hermano, hombre ya de edad y de vida muy austera, apreciado de sus feligreses y tenido por hombre santo, con opiniones tan rigurosas que hizo encerrar a su hermana en una casa, con lo que el pueblo estaba descontento; y tanto creció el rumor que las noticias (como os dije) llegaron a oídos del Conde, el cual, al ver el engaño en que estaba todo el mundo, quiso deshacerlo. Así que envió a un oidor y un limosnero (ambas personas muy de bien) para saber la verdad. Estos llegaron al lugar y se informaron del caso lo más galanamente que pudieron, dirigiéndose al cura, que estaba tan aburrido del asunto que les rogó asistieran a la verificación que esperaba hacer al día siguiente. El dicho cura, por la mañana, cantó misa, a la cual asistió su hermana, siempre de rodillas y muy abultada; y al final de la misa, el cura tomó el Corpus Domini, y, en presencia de todos los asistentes, le dijo a su hermana:

-¡Malhadada de ti! He aquí a Aquel que sufrió muerte y pasión por ti, y ante Él te demando, ¿es cierto que eres virgen, como siempre me has asegurado?

Ella, audazmente y sin temor, le respondió que sí.

-¿Y cómo es posible que estés preñada si sigues siendo virgen?

Replicóle ella:

-No puedo dar otra razón, a no ser por obra y gracia del Espíritu Santo, que ha hecho en mí lo que le plugo; pero no puedo negar el bien que Dios me ha concedido al conservarme virgen, porque nunca tuve deseos de estar casada.

Entonces su hermano le dijo:

-Aquí te entrego el cuerpo precioso de Jesucristo, del cual recibirás tu condenación si no es tal como has dicho, de lo cual serán testigos estos señores aquí presentes, enviados por el señor Conde.

La muchacha, de casi trece años de edad, hizo este juramento:

-Acepto el cuerpo de Nuestro Señor, aquí presente, y que Él me condene, ante vuesas mercedes y ante vos mi hermano, si nunca me tocara hombre alguno que no fuerais vos.

El oidor y el limosnero se fueron muy confusos, creyendo que con tales juramentos no podía haber lugar a engaño, y dieron cuenta al Conde, queriendo persuadirlo para que creyera lo mismo que ellos. Pero éste, que era muy sabio, tras pensarlo bien, les hizo repetir de nuevo las palabras del juramento, y habiéndolas sopesado bien, les respondió:

-Os ha dicho que nunca la tocó otro hombre que no fuera su hermano, y yo pienso que en verdad ha sido su hermano quien le ha hecho el hijo y quiere encubrir su maldad con este gran fraude; y nosotros, que creemos que Jesucristo ya ha venido, no debemos esperar otro. Así que id allá y poned al cura en prisión; estoy seguro de que confesará la verdad.

Lo que fue hecho según su mandato, no sin grandes reproches por el escándalo que hacían a este hombre honrado; y así que el cura fue encarcelado, confesó su maldad y cómo había aconsejado a su hermana lo que tenía que decir para encubrir la vida que habían llevado juntos, no sólo con una excusa ligera, sino con un falso dar que pensar con el cual vivieran honrados por todo el mundo; y cuando se le reprochó cómo había podido ser tan malvado para hacerla jurar en falso sobre el Cuerpo de Nuestro Señor, respondió que no era tan atrevido y que había presentado un pan ni consagrado ni bendito. Se dio cuenta de todo al conde de Angulema, quien pidió a la justicia que hiciera lo pertinente. Se esperó a que la hermana pariera, y después que naciera un hermoso niño, fueron quemados juntos hermano y hermana; y el pueblo sintió un gran asombro al ver, so capa de santidad, monstruo tan horrible, y bajo vida tan sana y digna de encomio, reinar tan detestable vicio.

FIN

Marguerite de Navarre parte 3:El marido tuerto

Ya se quedaron con la boca abierta?... aún hay mas


"El marido tuerto"
Hubo una vez cierto mayordomo de Carlos, el último duque de Alençon, que había perdido un ojo y estaba casado con una mujer mucho más joven que él, y a quien su señor y su señora amaban tanto como merecía por el puesto que ocupaba en su casa; y no podía ir tan frecuentemente como hubiera querido, a ver a su mujer. Esto dio ocasión a que ella olvidara su honor y su conciencia y se enamorase de un hidalgo, amores que a la larga hicieron tanto ruido que el marido acabó por enterarse, pero no podía creerlo por las grandes muestras de afecto con que su esposa lo recibía. Aún así, un día, pensó que debía hacer una prueba y vengarse, si podía, de quien le hacía tal afrenta. Para conseguirlo fingió que se iba a cierto lugar próximo para dos o tres días. Creyéndose que había ido, su mujer envió a buscar a su amante, y no habría pasado ni media hora cuando llegó su marido, que llamó fuerte a la puerta. Ella, conociéndolo, advirtió a su amante, que hubiera querido estar en el vientre de su madre y que maldecía de ella y del amor, que lo habían colocado en semejante peligro. Aquélla le pidió que no se preocupase y que ella encontraría el modo de hacerle salir sin vergüenza ni daño y que se vistiese lo más rápidamente posible.

Mientras tanto, el marido llamaba a la puerta y gritaba tan alto como podía. Ella fingía que no lo conocía y gritaba al criado:

-¿Por qué no os levantáis y vais a hacer callar a los que llaman a la puerta? ¿Son éstas horas para venir a molestar a casa de gentes de bien? ¡Si mi marido estuviera aquí ya os guardaríais!

El marido, al oír la voz de su mujer, la llamó lo más alto que pudo:

-Esposa mía, abridme. ¿Me vais a hacer permanecer aquí hasta el amanecer? -y cuando vio que su amigo estaba en condiciones de salir, abrió la puerta y empezó a decir a su marido.

-¡Oh, esposo mío!, qué contenta estoy de que hayáis venido; estaba soñando algo maravilloso como no se puede imaginar. Soñaba que habías recuperado la vista de vuestro ojo -y abrazándolo y besándolo lo cogió por la cabeza y tapó el ojo bueno mientras le preguntaba:

-¿No veis mejor que de costumbre? -y mientras no veía ni gota hizo salir a su amigo, lo que el marido sospechó y le dijo sin poderse contener:

-Mujer, nunca más estaré a tu acecho, pues queriendo engañarte he recibido el engaño más fino que nunca se ha inventado. Dios quiera castigarte, pues no hay hombre que pueda dar órdenes a la malicia de una mujer si no es matándola. Pero ya que el buen trato que te he dado no ha podido servir para tu enmienda, puede ser que el despecho que te demostraré de hoy en adelante te castigará.

Y diciendo esto se fue y dejó a su mujer muy desolada.

Mas después, por oficios de parientes, amigos, excusas y lágrimas, aún volvió a su casa junto a ella.

FIN

Marguerite de Navarre parte 2:Sutilezas de un enamorado

Volviendo a la obra de Marguerite he aquí 3 cuentos cortos que ilustran que esta mujer era de las ligas mayores.


"Sutilezas de un enamorado"

En el ducado de Milán, por los años en que era gobernador el gran señor Chaumont, vivía un caballero llamado el señor de Bonnivet, que por sus merecimientos llegó más tarde a almirante de Francia; siendo muy apreciado en Milán, tanto por el gobernador como por todo el mundo, dadas las virtudes que se reunían en él, asistía gustoso a las fiestas en que se reunían las damas, de las que era el más apreciado, después del rey Francisco, tanto por su apostura, gracia y palabras como por la fama que todos le daban de ser uno de los más diestros guerreros de su tiempo.

Un día que vestido de máscara fue a un carnaval, se puso a bailar con una de las más distinguidas y hermosas damas de la ciudad y, cuando los oboes hacían una pausa, le dirigía endechas amorosas, cosa que sabía decir mejor que nadie. Pero ella, que no estaba obligada con él, en lugar de seguirle el juego quiso desviar la conversación, asegurándole que nunca amó ni amaría a otro hombre que no fuera su marido y que no debía esperar nada de ella. No se sintió desalentado el caballero con esta respuesta y la persiguió insistentemente todo el carnaval. A pesar de todo, la encontró firme en su propósito de no amar ni a él ni a otro, cosa que no pudo creer, vistas las pocas prendas de su marido y la gran belleza de ella. Y puesto que ella practicaba el disimulo, se decidió a usar él también el engaño, y desde aquel momento cesó en la persecución que le hacía y se informó tan bien de su vida que supo que amaba a un caballero muy prudente y honesto. El dicho señor de Bonnivet frecuentó poco a poco la amistad de este caballero, con tal suavidad y astucia que aquél no se percató del motivo y le profesó tal estima que, después de su dama, era la persona que más apreciaba del mundo. El señor de Bonnivet, para arrancarle su secreto del corazón, fingió confiarle el suyo, diciéndole que amaba a una dama que no podía imaginarse quién era, y rogándole le guardara el secreto y que ellos dos no fuesen más que un solo corazón y un solo pensamiento. El infeliz caballero, en prueba de estima recíproca, va y le confiesa de cabo a cabo sus relaciones con la dama de la que Bonnivet se quería vengar; y una vez al día, se reunían en cualquier lugar para darse cuenta juntamente de las aventuras que les habían ocurrido durante la jornada, cosa que uno decía con mentira y el otro con verdad. Y confesó el caballero haber amado durante tres años a esta dama sin haber conseguido nada de ella, a no ser buenas palabras y certeza de ser amado. El llamado Bonnivet le aconsejó por todos los medios a su alcance para que consiguiera su intento, con lo que al cabo de pocos días el caballero se encontró con que ella le concedió lo que le pedía, y no quedaba más que encontrar el medio, lo que en seguida fue hallado por consejo del señor Bonnivet. Y un día, antes de comer, le dijo el caballero:

-Señor, estoy más obligado con vos que con ningún hombre del mundo, ya que, a causa de vuestros buenos consejos, confío en tener esta noche lo que durante tantos años he deseado.

-Yo te ruego -le dijo Bonnivet- que me digas cómo piensas que se realice tu propósito, para que yo vea si hay engaño o riesgo y poder socorrerte y servirte como amigo.

El caballero le contó cómo ella tenía medio de hacer dejar abierta la gran puerta de la casa, bajo pretexto de cualquier enfermedad de alguno de sus hermanos, la cual requería en todo momento ir a la ciudad a preguntar por su estado, y así podría él entrar en el patio, pero guardándose bien de subir por la escalera y debiendo subir unos pocos escalones que había a mano derecha y entrar en la primera habitación que encontrara, donde se reunían todas las puertas de las habitaciones de su suegro y cuñado, y que eligiera con cuidado la tercera más cercana a los dichos escalones; y, si al empujarla la encontraba cerrada, que se fuera, pues era señal de que su marido había vuelto, lo que sin embargo, no debía hacer antes de dos horas; y, si la encontraba abierta, que entrara suavemente y la cerrara rápido con cerrojo, constándole que en la habitación estaría ella sola, y, sobre todo, que no olvidara mandar hacer unos zapatos de fieltro, por temor al ruido, y que se guardara mucho de llegar antes de pasadas dos horas de la medianoche, porque sus cuñados a quienes gustaba mucho el juego, no se iban nunca a acostar antes de la una de la madrugada. El citado Bonnivet le dijo:

-Ve, amigo, Dios te guía; te ruego que evites los inconvenientes y si mi amistad te sirve para algo, no ahorraré esfuerzos por cuanto esté en mi roano.

El caballero se lo agradeció mucho y le dijo que en este asunto no podía estar demasiado seguro, y se marchó para disponer las cosas. El señor Bonnivet, por su parte, no quedó inactivo; y viendo que era llegado el momento de vengarse de dama tan cruel, se retiró a su morada y se hizo cortar la barba de igual longitud y anchura que la del caballero; también se hizo cortar el pelo, a fin de que al tocarlo no se pudiera advertir la diferencia. No olvidó los zapatos de fieltro y el vestir ropas semejantes a las del caballero. Y, como era muy estimado por el suegro de esta dama, no tuvo temor de ir más temprano, pensando que si era apercibido iría en derechura a la habitación del buen hombre con el cual tenía algunos asuntos. Y, sobre la medianoche, entró en la casa de la dama, donde encontró bastantes gentes que iban y venían, mas pasó entre ellos sin ser reconocido y llegó a la galería y tocando las dos primeras puertas las encontró cerradas, que no así la tercera, a la que empujó suavemente. Y una vez estuvo dentro, la cerró con llave y tendiendo la vista en derredor vio la habitación vestida toda de lienzo blanco, incluido el techo y el suelo, y un lecho con telas muy finas, tan blanco como no era posible más; y la dama estaba sola en él, con su cofia y su camisa toda cubierta de perlas y pedrería, como pudo advertir mirando por una esquina de la cortina sin que ella lo viera, ya que había un gran cirio de cera blanca que volvía la habitación clara como en pleno día; y, por miedo a ser reconocido, extinguió primeramente el velón que ardía en la habitación y después se despojó de la camisa y fue a acostarse junto a ella. Esta, que esperaba que fuera aquel que durante tanto tiempo la había amado, lo recibió con las mejores caricias que pudo. Pero él, que sabía bien que estaban dedicadas a otro, se guardó mucho de decir una sola palabra y no pensó más que en llevar a cabo su venganza, que no era otra que arrebatarle su honor y su pudor sin poner de su parte agrado ni gracia. Pero contra su propósito y mal de su agrado, la dama se tenía por tan contenta con tal venganza, que pensó haberlo recompensado de sus afanes, hasta que una hora después de que sonara la medianoche llegó el momento de decir adiós. Y en aquel instante, y en el tono de voz más bajo que pudo, le preguntó si ella estaba tan contenta de él como él lo estaba de ella. Ésta, creyendo que se trataba de su amigo, le dijo que no sólo estaba contenta, sino incluso maravillada de la profundidad de su amor, que lo había mantenido una hora sin hablar con ella. En aquel momento, él se puso a reír muy fuerte, diciendo:

-Ahora bien, señora, ¿me rechazáis otra vez, como habías acostumbrado hasta ahora?

La dama, que lo conoció por la voz y la risa, se sintió desesperada de vergüenza, llamándole mil y mil veces traidor, malvado y falso, queriendo arrojarse del lecho para buscar un cuchillo con el que matarse, vista su desgracia de que había perdido el honor por un hombre al que no amaba nada y que, para vengarse de ella, podía divulgar el asunto a todo el mundo. Pero él la retuvo entre sus brazos y, con buenas y dulces palabras, le aseguró amarla más que aquél a quien ella amaba y celar cuanto se refiriera a su honor de tal modo que ella no tendría tacha alguna nunca. Lo que la pobre tonta creyó, escuchando de sus labios la trama que había ingeniado y los trabajos que se había dado por conseguirla, asegurándole que la amaría mejor que el otro, que no había ocultado su secreto, y diciéndole que ya conocía franceses, que eran más prudentes, perseverantes y discretos que los italianos. Así fue, como en lo sucesivo, ella no compartió la opinión de sus compatriotas, para coincidir con la de él. Pero le rogó encarecidamente que durante algún tiempo no acudiera a las fiestas o lugares donde ella se encontrara, a no ser disfrazado, porque sentiría tal vergüenza que su aspecto lo diría a todo el mundo. Él se lo prometió y le rogó también que, cuando su amigo viniera a las dos de la madrugada, se mostrara cariñosa y luego, poco a poco, podría deshacerse de él; cosa que hizo con tanta dificultad que, a no ser por el amor que le profesaba, por nada se lo hubiera concedido. Sin embargo, al decirle adiós, la dejó tan satisfecha que bien hubiera deseado ella que permaneciera a su lado durante más tiempo.

Después que él se levantó, volvió a ponerse sus vestidos, salió de la habitación y dejó la puerta entreabierta, tal como la encontrara. Y, como había estado casi dos horas a partir de la medianoche y temía encontrarse al caballero en su camino, se retiró a lo alto de los escalones, desde donde en seguida lo vio pasar y entrar en la habitación de la dama. y se fue a su morada a descansar de sus trabajos, como así hizo, de modo que las nueve de la mañana le dieron en la cama, y cuando se levantaba llegó el hidalgo, que no tardó en contarle su buena suerte, aunque no tan buena como había esperado; ya que, según dijo, al entrar en la cámara de la dama, la encontró levantada y envuelta en su bata de noche, con una gran fiebre, el pulso muy alterado, el rostro ardiendo y un sudor que comenzaba a brotarle por todo el cuerpo, de forma que ella le rogó se volviera en seguida, ya que, por miedo a los inconvenientes, no se había atrevido a llamar a sus doncellas; porque se encontraba tan mal que tenía mayor necesidad de pensar en la muerte que en el amor, y de oír hablar de Dios que de Cupido, y que se sentía muy pesarosa del riesgo en que él se colocara por su culpa, visto que ella no tenía poder para devolverle en este mundo lo que esperaba se lo concediera en seguida en el otro. Así que se sintió tan triste y asombrado que su ardor y alegría se convirtieron en hielo y tristeza, marchándose acto seguido.

Y a la mañana, al despuntar el día, envió por noticias y supo que ella se encontraba verdaderamente muy mal. Y, al contar sus desventuras, lloraba tan intensamente que parecía que el alma se le iría por las lágrimas. Bonnivet, que tenía tantas ganas de reír como el otro de llorar, lo consoló lo mejor que supo, diciéndole que las cosas de larga duración tienen siempre un comienzo difícil y que el retraso de la satisfacción de su amor le haría encontrar más tarde un mejor goce; y en tales términos se separaron. La dama guardó cama algunos días; y, al recobrar la salud, dio permiso a su primer pretendiente, fundándolo en el temor que había temido de morir y en remordimientos de conciencia, y se decidió por el señor de Bonnivet, cuya amistad duró según costumbre, lo mismo que la belleza de las flores del campo.

FIN

Marguerite de Navarre parte 1


Volviendo al tema de los cuentos,ya vemos que no todos eran originalmente cursis e idioticos como los pinta Disney,que las historias mas cursis como Blancanieves originalmente tienen una gran cantidad de crueldad y que no todos los cuentistas son iguales como los buenos y catedráticos hermanos Grimm,el melancólico Andersen,el moralista pero sarcastico Perrault o mas modernos como el flamboyante Capote o el excéntrico Easton-Ellis.También las señoritas tienen terreno y en el área del cuento y las historias y cortas...también que no todos los cuentos tienen que tratar sobre Jóvenes virtuosas,criaturas fantásticas y cruentos acontecimientos.

He aquí un cuento muy corto pero que es simplemente maravilloso,sobre todo tomando en cuenta que viene de una mujer,una mujer noble y muy sabía.

Marguerite de Navarre (1492-1549) Una mujer revolucionaria para su época,sexo y estatus social(princesa de Orleans,Duquesa de Alençon y Reina de Navarra!).

Como hija de Carlos de Orleans la “mushasha” se pudo dar lujos como aprender a leer,escribir en varios idiomas y posteriormente a publicar (huge deal for a woman from that period) cuando su hermano Francisco l subió al trono de Francia...Claro que como toda mujer noble no pudo escapar de sus “obligaciones” como mujer y se caso Carlos IV Duque de Aleçon pero no que pasaría ahí que no hubo hijos y luego quedo viuda...Después la volvieron(mujeres como ella no se casaban por gusto o decisión propia ,había todo un equipo detrás de eso...algo así como los políticos PANistas homosexuales de closet que los casan con alguna despistada,ellos dan una imagen social,moral y conservadoramente aceptable y ellas salen en la revista Caras:Alegando que ya iban por el cuarto hijo antes de que su mana..marido trágicamente muriera en un avionazo...)Volviendo a gente con tamaños(huevos!) a Marguerite la casan con Enrique ll de Albret rey de Navarra y esta vez si tiene hijos Juana de Albret que también seria reina de Navarra como su mami y Juan de Navarra que murió estando chiquito.

La obra de esta mujer desafiaba todos los convencionalismos de su época(que tristemente en este país todavía causarían revuelo) .

Dialogo de una visión nocturna.

Espejo del alma pecadora

Y por su puesto sus cuentos que se recopilaron en “Las margaritas de la Margarita de las princesas”

Pero su proyecto mas ambicioso(hoy en día seguiría siendo algo ambicioso) era el Heptamerón...si como el Decamerón de Bocaccio...pero tristemente muere antes de terminarlo.


lunes, mayo 25, 2009

The Little red riding-hood by Charles Perrault


La caperucita roja

Charles Perrault.

En tiempo del rey que rabió, vivía en una aldea una niña, la más linda de las aldeanas, tanto que loca de gozo estaba su madre y más aún su abuela, quien le había hecho una caperuza roja; y tan bien le estaba que por caperucita roja conocíanla todos. Un día su madre hizo tortas y le dijo:

-Irás á casa de la abuela a informarte de su salud, pues me han dicho que está enferma. Llévale una torta y este tarrito lleno de manteca.

Caperucita roja salió enseguida en dirección a la casa de su abuela, que vivía en otra aldea. Al pasar por un bosque encontró al compadre lobo que tuvo ganas de comérsela, pero a ello no se atrevió porque había algunos leñadores. Preguntola a dónde iba, y la pobre niña, que no sabía fuese peligroso detenerse para dar oídos al lobo, le dijo:

-Voy a ver a mi abuela y a llevarle esta torta con un tarrito de manteca que le envía mi madre.

-¿Vive muy lejos? -Preguntole el lobo.

-Sí, -contestole Caperucita roja- a la otra parte del molino que veis ahí; en la primera casa de la aldea.

-Pues entonces, añadió el lobo, yo también quiero visitarla. Iré a su casa por este camino y tú por aquel, a ver cual de los dos llega antes.

El lobo echó a correr tanto como pudo, tomando el camino más corto, y la niña fuese por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr detrás de las mariposas y en hacer ramilletes con las florecillas que hallaba a su paso.

Poco tardó el lobo en llegar a la casa de la abuela. Llamó: ¡pam! ¡pam!

-¿Quién va?

-Soy vuestra nieta, Caperucita roja -dijo el lobo imitando la voz de la niña. Os traigo una torta y un tarrito de manteca que mi madre os envía.

La buena de la abuela, que estaba en cama porque se sentía indispuesta, contestó gritando:

-Tira del cordel y se abrirá el cancel.

Así lo hizo el lobo y la puerta se abrió. Arrojose encima de la vieja y la devoró en un abrir y cerrar de ojos, pues hacía más de tres días que no había comido. Luego cerró la puerta y fue a acostarse en la cama de la abuela, esperando a Caperucita roja, la que algún tiempo después llamó a la puerta: ¡pam! ¡pam!

-¿Quién va?

Caperucita roja, que oyó la ronca voz del lobo, tuvo miedo al principio, pero creyendo que su abuela estaba constipada, contestó:

-Soy yo, vuestra nieta, Caperucita roja, que os trae una torta y un tarrito de manteca que os envía mi madre.

El lobo gritó procurando endulzar la voz:

-Tira del cordel y se abrirá el cancel.

Caperucita roja tiró del cordel y la puerta se abrió. Al verla entrar, el lobo le dijo, ocultándose debajo de la manta:

-Deja la torta y el tarrito de manteca encima de la artesa y vente a acostar conmigo.

Caperucita roja lo hizo, se desnudó y se metió en la cama. Grande fue su sorpresa al aspecto de su abuela sin vestidos, y le dijo:

-Abuelita, tenéis los brazos muy largos.

-Así te abrazaré mejor, hija mía.

-Abuelita, tenéis las piernas muy largas.

-Así correré más, hija mía.

-Abuelita, tenéis las orejas muy grandes.

-Así te oiré mejor, hija mía.

-Abuelita, tenéis los ojos muy grandes.

-Así te veré mejor, hija mía.

Abuelita, tenéis los dientes muy grandes.

-Así comeré mejor, hija mía.

Y al decir estas palabras, el malvado lobo arrojose sobre Caperucita roja y se la comió.

Moraleja:

La niña bonita,
 la que no lo sea,
 que a todas alcanza
 esta moraleja,
 mucho miedo, mucho,
 al lobo le tenga,
 que a veces es joven
 de buena presencia,
 de palabras dulces,
 de grandes promesas,
 tan pronto olvidadas
 como fueron hechas.


Bueno no hay nada como los clásicos no?aunque caperucita roja es una fábula oral francesa el primero en recopilarla fue Charles Perrault y es mucho mejor esta versión que la versión ñoña de los hermanos Grimm...Que es la mas conocida de todas donde al final aparece un leñador le rasga la barriga al lobo y saca a caperucita y su abuelita VIVAS!...Muy lógico realista no? eso o  tener bebes sin haber tenido relaciones sexuales (sin pecado concebido) o gente cuyo nombre no voy a poner aquí que es crucificada y luego resucita!...La ignorancia!...Aunque la caperucita no debe de haber sido muy brillante si no pudo distinguir a su abuela de un lobo con bonete...ah que "capeputita" roja por eso te fue como te fue.

Pero bueno los hermanos Grimm no eran cuentistas malvados(Sus cuentos no hablaban de asesinatos,violaciones,muertes...Idolatría...) además su versión de la sirenita es muy buena(hasta Disney la arruino...Cual es la obsesión de Disney y los adultos en general en idiotizar a los niños y llevarlos a un mundo de irreal fantasía para que cuando crezcan y vean que el mundo no es como los cuentos se vuelvan emos y se  cuelguen del cortinero del baño!)...Aunque la sirenita original es de Hans Christian Andersen que también esta muy bien.

"Vemos aquí que los adolescentes y más las jovencitas elegantes, bien hechas y bonitas, hacen mal en oír a ciertas gentes, y que no hay que extrañarse de la broma de que a tantas el lobo se las coma. Digo el lobo, porque estos animales no todos son iguales: los hay con un carácter excelente y humor afable, dulce y complaciente, que sin ruido, sin hiel ni irritación persiguen a las jóvenes doncellas, llegando detrás de ellas a la casa y hasta la habitación. ¿Quién ignora que lobos tan melosos son los más peligrosos?".

-Charles Perrault.

(Traducción no anden de putas)



jueves, mayo 21, 2009

So I changed my profile pic...

I just changed my profile pic for this one...I've always loved this pic,I used to look good when I was tanned.Right now I could use a little color...

My normal skin:
Sun tanned:

martes, mayo 19, 2009

Maureen Forrester

La Contralto canadiense Maureen Forrester tiene una de las mejores voces que he oído y también transmite mucho independiente de lo que este cantando... Sorry sopranos this one is for the contraltos
Henry Purcell
The fairy Queen"One charming night"
Maureen Forrester Contralto:

Que belleza de voz y que belleza de aria.
Gustav Mahler
"Urlicht"
Maureen Forrester Contralto :

"Blow the wind southerly":